Miércoles, 08 de Septiembre, 2010
   
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Por qué se ridiculiza a los que creen en Dios?

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Por qué se ridiculiza a los que creen en Dios?
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UN DEBATE URGENTE
En el ámbito del Congreso Nacional y de los medios de comunicación masiva se instaló en los últimos meses con más fuerza una actitud de descalificación a las personas que profesan una fe religiosa, que ya estaba latente pero que fue potenciada por los debates en torno al proyecto de ley de matrimonio entre personas del mismo sexo. ¿Por qué se ridiculiza a los creen en Dios? ¿Y por qué las religiones son las grandes ignoradas a la hora de legislar? Los interrogantes surgen ante las descalificaciones que sufren las opiniones de dirigentes religiosos en torno a la polémica iniciativa de “matrimonio homosexual”, cuyo debate en el Senado está previsto para el 14 de julio, luego de ser aprobado en la Cámara de Diputados.
El Puente consultó a personas con estrecha vinculación con esta temática. El primero de ellos es Gastón Bruno, licenciado en Ciencias Políticas y vicepresidente de Relaciones Externas de la federación ACIERA, quien habló ante los senadores por el proyecto de ley de “casamiento homosexual”. También fue entrevistado Alejandro Field, miembro de la Mesa Interreligiosa del Conurbano Norte de la Coalición Cívica, autor del libro “De espectadores a actores” y presidente de la organización cristiana Razones para Creer. El tercero fue Juan G. Navarro Floria, abogado, y profesor en varias facultades de la Universidad Católica Argentina. Navarro Floria es presidente del Consejo Argentino para la Libertad Religiosa y asesor o integrante de los consejos directivos de instituciones académicas dedicadas al estudio del Derecho y Religión en América Latina, Estados Unidos y Europa. Autor de varios libros y gran cantidad de artículos jurídicos en la Argentina y en el exterior, fue asesor y Jefe de Gabinete de la Secretaría de Culto de la Nación.
En las páginas siguientes podrá encontrar también otra entrevista, en este caso con la diputada nacional Cynthia Hotton, del partido “Valores para mi país”.

Ignorancia religiosa
-A la luz del debate que se está dando en el Congreso sobre el proyecto de ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, ¿considera que las opiniones que provienen del ámbito de la fe sufren una discriminación o desprecio en ese ámbito y en los medios de comunicación? ¿Las religiones son las grandes ignoradas a la hora de legislar? Si es así, ¿cuáles son sus causas?
-Gastón Bruno: Sorpresivamente, se está instalando un pensamiento hegemónico que busca subestimar el aporte de la fe y las religiones en las esferas sociales. Lo secular se entiende como “sin Dios”, y no es así. El concepto de “secular” o también “laico” tiene que ver con el pueblo, con los ciudadanos. Pero nada indica que el pueblo no tenga creencias y valores religiosos. Dios continúa siendo el eje fundamental que organiza el pensamiento y las conductas populares. Hay una generación de jóvenes (de un promedio de edad similar a la mía), que es sumamente refractaria al cristianismo, y hace del agnosticismo un valor superior. Pero aun, esto no tiene correlato con el sentir popular. Las encuestas (que no pagamos nosotros) indican que en Argentina, más del 90% de los ciudadanos profesan valores con base en la fe en Dios (Ver estudio de Graciela Romer publicado en el diario Clarín el 23 de mayo de 2010). Pero la influencia de los medios es muy poderosa, y esta situación representa un desafío trascendente para la iglesia, no sólo en nuestro país. A la hora de legislar, la norma debe contemplar los derechos de todos los ciudadanos, independientemente de su fe, lo cual no significa que debe “ignorar” la base de creencias religiosas que sustenta la sociedad. La ética, lo moral y las conductas de esa sociedad reciben influencia determinante de su fe, y esta no debe ser desoída. Nuestra Constitución Nacional y Código Civil, sin ir lejos, son prueba de lo que estoy afirmando.
-Alejandro Field: Lo que observo es que la opinión de las personas de fe o de instituciones religiosas no es considerada un elemento válido en el momento de tomar decisiones en el mundo de la política. La idea que prevalece es que el mundo de la fe y el de la política son dos ámbitos separados, y deben mantenerse así para el bien de la sociedad. No hay mayores objeciones a que las personas de fe opinen dentro de su ámbito o para otras personas de su misma fe, pero estas opiniones se consideran irrelevantes para los asuntos de la sociedad general. La causa principal de este distanciamiento es que no hemos sabido entrar a la arena política con argumentos racionales que sirvan para confrontar posiciones con personas que no tienen nuestros mismos principios o creencias religiosas, sino que repetimos los mismos argumentos que sirven para nuestras comunidades de fe.
-Juan G. Navarro Floria: Sí, existe una permanente descalificación hacia las opiniones que provienen de iglesias o comunidades religiosas, o de personas que no tienen temor de manifestar sus creencias. Estas agresiones habitualmente estaban focalizadas en la Iglesia Católica, pero en esta ocasión, por el protagonismo que han tomado las iglesias evangélicas en la discusión, se dirigen también hacia ellas. El laicismo, en esta ocasión exhibido por grupos de izquierda y por militantes gay, feministas y otros, pretende que la religión sea reducida a algo estrictamente privado, que no tenga un lugar en el debate público. La libertad de expresión valdría para todos, incluso para los que atacan de manera soez a las creencias religiosas, menos para las religiones mismas. Las iglesias y comunidades religiosas deberían estar, para estas personas, excluidas del debate y descalificadas a priori. Quienes defienden esas ideas (que tienen una larga tradición entre nosotros, como ya se vio en el debate por el divorcio vincular, y antes en el debate por el matrimonio civil a final del siglo XIX, o en los debates educativos de esa época y posteriores) son muy activos y tienen poder económico y acceso libre a los medios de comunicación. Esto atemoriza a muchos legisladores que suponen que serán ellos mismos agredidos o estigmatizados si se hacen eco de las voces que piden tomar en cuenta los puntos de vista religiosos, y por eso se aprueban leyes contrarias a los sentimientos y creencias de una gran cantidad de argentinos. Es cierto que algunos voceros de iglesias o grupos religiosos han sido o son a veces también intolerantes y poco abiertos al diálogo, pero esos no son la mayoría; y eso no justifica que a cualquiera que invoque una creencia religiosa se lo excluya del debate.


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